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11-09-2016 - DE MIS APUNTES
Tomemos unos mates (1ª parte)

Por Teresita Ceres de Arena.

En Argentina, Paraguay y Uruguay el mate es una bebida de añeja costumbre, que aún hoy sigue usándose en las reuniones familiares y de amigos.
Es una infusión típica que se popularizó tanto que llegó a convertirse en un elemento de nuestros hábitos folklóricos, de ello dan fe las obras literarias “Martín Fierro” y “Don Segundo Sombra”.
“Tomar mate, cebar mate y matear” son términos incorporados al lenguaje de los argentinos.
No se ha podido saber con exactitud cuándo se empezó a tomar mate en estas regiones, pero se ha comprobado que entre los siglos XVI y XVII ya era conocido, por supuesto que la manera de tomarlo sería muy rudimentaria.
Diversas leyendas de origen guaraní tratan sobre el nacimiento de la yerba; también las hay cristianas bajo la imaginación de las misiones jesuíticas.
Hubo una época en la que los religiosos declararon la guerra al mate. En los primeros años del siglo XVII se lo declaró ruina de estas tierras, hubo severos castigos para quienes cultivaban ese vicio abominable y sucio, pero el mate se defendía de sus difamaciones y día a día ganaba más partidarios; a mediados del siglo los jesuitas dejaron de considerarlo como algo incalificable.
La palabra mate servía para nombrar al recipiente que contenía el líquido (se usaron de madera, calabacita, mate con pie), luego abarcó a la yerba, es decir la bebida misma.
El vocablo ‘MATI’, de origen quechua, con el correr de los años se transformó en ‘mate’.
Los colonizadores la llamaban “hierba del Paraguay” erróneamente, pues es la hoja de un árbol, de esa denominación derivó ‘yerba’ o ‘yerba mate’ como se la designó muy pronto.
Cuando la costumbre de tomar mate se difundió, la yerba fue cultivada y elaborada en gran escala.
El recipiente para calentar el agua primitivamente se llamó caldera; era una jarra con asa y pico corto, los gauchos la llevaban en la cincha de sus caballos. La caldera fue reemplazada por la pava.
En época de los guaraníes la bombilla era de junco o cañita con la que se sorbía la infusión.
Cuando llegó la era del metal se fabricaron en escala industrial, en nuestros días son de plata, alpaca, estaño, poseen un filtro desarmable para su mejor limpieza, hay también con boquillas de oro talladas artísticamente. Existían bombillas de lata para tomar mate amargo.
Hay distintas maneras de preparar el mate, cada cebador tiene su forma y costumbre, cebar un buen mate resulta un arte.
En las grandes ciudades el mate está muy difundido, en el campo toda la familia participa de la mateada. Cuenta la historia que en las tertulias porteñas, Manuelita Rosas obsequiaba a sus invitados chocolate y mate de leche perfumado con canela y vainilla.
También hay quienes lo toman cocido o de saquito.
Recuerdo que en General Pinto había un señor que iba al cine con el mate y el termo, demostraba ser un buen matero. El mate es un compañero a toda hora, solo o en rueda de amigos.
Dice el poeta Baldomero Hidalgo: “Cielito, cielo que sí, guárdese su chocolate, aquí somos puros indios y sólo tomamos mate”.
Continuará…

Teresita Ceres de Arena







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