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30-09-2020 - HISTORIAS
Epilepsia



Por Juan Mansilla.

El viernes santo de 1987, Micaela terminó de lavar la ropa en una batea en el baño de chapas de afuera de su casa. Se secó las arrugadas manos en el delantal descolorido que llevaba puesto. Peinó sus pocas canas con un peine de plástico al que le faltaban algunos dientes. Puso la tabla de refregar las prendas en un rincón del pequeño lugar y salió al patio.

Eran cerca de las cinco de la tarde, cuando la mujer pasó su pequeña fisonomía por una improvisada puerta de lona en la entrada del baño y quedó paralizada por unos segundos al ver el cuerpo tembleque de Alberto, uno de sus hijos, desparramado en el suelo.

-¡Oscar!- Micaela llamó desesperada a su marido una y mil veces delante el cuerpo de su hijo.

El día de la muerte de Jesús, Oscar despertó temprano. Cumplió a la perfección el ritual de todos los días. Cortó leña en el patio, revivió el moribundo fuego de la cocina, puso el agua para el mate y encendió una vieja radio que estaba arriba de una heladera oxidada antes de ir a su trabajo, el ferrocarril.

El clima estuvo raro al amanecer. Frio. Lluvioso. Típico de un viernes santo pero en sintonía con el panorama político que vivía el país por aquel entonces, tras el retorno de la democracia y la presidencia del doctor Raúl Alfonsín.

Entre mate y mate, el "chueco", así llamaban a Oscar sus compañeros de trabajo, subió el volumen de la vieja radio. El locutor, Antonio Carrizo, saludó a sus oyentes extrañamente, con tono de preocupación durante esa mañana santa. Rápidamente, el prestigioso conductor presentó el primer tango de aquella emisión histórica de "La vida y el canto" por radio Rivadavia, que extendería hasta horas de la noche.

-¡Hijo, qué te pasa!- Micaela gritó llorando mientras caía de rodillas al lado del pequeño cuerpo de Alberto. El niño de sólo nueve años tenía el rostro morado y no paraba de temblar.

Ni bien terminó de ponerse la ropa del trabajo, Oscar escuchó atentamente la emisión del programa de Carrizo unos minutos más en la cocina de su casa. Micaela, en tanto, dormía profundamente al igual que sus seis hijos. Antonio, María, Alberto, Lidia, Lucrecia y Juan.

El matrimonio, oriundo de Bowen, un pueblito del sur de la provincia de Mendoza, se radicó en Ameghino durante la dictadura militar de 1976. La joven pareja buscó un lugar seguro para mantener sus ideales vivos y sin tantas complicaciones que pusieran en riesgo sus vidas.

-¡Mi hijo no puede respirar, que alguien me ayude por favor!- Micaela suplicó gritando cada vez más fuerte e inútilmente a los cuatro puntos cardinales, mientras colocó un palo entre los dientes del niño para que no pasara a mayores el insólito y desconocido ataque.

Antes de abandonar su casa, Oscar despertó a Micaela en aquella fría y lluviosa mañana. En ese momento, el "flaco" Carrizo interrumpió intempestivamente aquel primer tango de la emisión matutina de su programa radial, "Loca" de la típica orquesta de Juan D´arienzo, con una información de último momento.

El locutor anunciaba que un grupo de militares rebeldes, denominados "carapintadas", tomaron las instalaciones de Campo de Mayo amenazando al gobierno democrático del presidente Raúl Alfonsín con dar un golpe.

Los temblores de Alberto en el piso del patio de su casa del ferrocarril no paraban, eran más violentos a medida que pasaban los segundos. Tenía los ojos perdidos y una espuma espesa brotaba de su boca. Resignada ante la situación dominante, Micaela sólo rogaba que llegara alguno de sus hijos para que fuera a buscar urgente al doctor Aranda, el médico de la familia.

Oscar dejó su casa preocupado, lo esperaban dos trenes cargueros en la playa de maniobra de la estación, la situación política y la información que propinaba la radio condicionó su humor el día de la pasión de Cristo. Micaela preparó inútilmente la leche para sus hijos, cada uno de ellos partió para la casa de un amigo ni bien se levantaron. Alberto fue el único que se quedó en la casa aquella jornada ventosa y de lluvia.

-¡Ay, mi Dios, gracias... gracias! Micaela agradeció mirando al cielo, al borde de un ataque de nervios, cuando entró al patio de la casa su hijo mayor, Antonio.

Micaela y Alberto quedaron solos cuando todos abandonaron la casa ferroviaria aquel viernes santo. La radio permaneció encendida, clavada en el dial predilecto de Oscar. Micaela prendió una vela a una pequeña imagen del crucificado y cada tanto abandonó la limpieza general para anoticiarse de lo que sucedía en la Plaza de Mayo, donde una multitud se agolpó frente a la Casa Rosada en apoyo al Gobierno de Alfonsín. Alberto fue al patio a jugar a la pelota en completa soledad.

-¡Anda rápido a buscar al doctor Aranda! ¡Alberto se nos muere hijo!- La madre ordenó llorando al mayor de los hermanos, que salió en bicicleta velozmente en dirección al consultorio del médico.

Alberto no comió al mediodía de aquel día, pasó la mayor parte del tiempo jugando a la pelota en el extenso terreno de tierra de su casa. Oscar estuvo cerca de la estación de Volta maniobrando con un carguero lleno de cereales. Micaela siguió de cerca los sucesos en Capital Federal y el "flaco" Carrizo continuó al frente del micrófono de Rivadavia informando al instante sobre lo que ocurría en Campo de Mayo con el levantamiento "carapintada".

-¡Por favor, sálvelo, que no se muera! Exclamó la madre desesperada ni bien llegó al lugar el doctor Aranda, con su característica chaqueta celeste y maletín de color negro.

Por la tarde, Micaela se puso a lavar la ropa en la batea del baño de afuera con la radio a su lado, era una pila interminable de prendas sucias. Alberto continuó peloteando frente a un inmenso paredón sin importarle mucho lo que sucedía en el país por esas horas difíciles.

- ¡Qué tiene doctor¡ ¡Qué tiene!- Preguntó Micaela al borde de un ataque de nervios, mientras el médico revisaba al niño desplomado, que permanecía en los brazos de la mujer.

La voz inconfundible del locutor "villeguense" irrumpió nuevamente en el aire de radio Rivadavia anunciando en esa oportunidad que el presidente de la Nación emprendió viaje rumbo a campo de Mayo para negociar cara a cara con los militares sublevados. Fue entonces cuando Micaela terminó de lavar la ropa y se encontró con su hijo convulsionando en el suelo frente a ella.

-¡Epilepsia!-, señora, respondió tranquilo el doctor Aranda a la mujer.

Minutos más tarde, la radio desde el suelo del baño de la casa transmitía el mensaje del Doctor Raúl Alfonsín desde el balcón de la Casa Rosada tras la exitosa negociación con los militares. ¡Felices Pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en Argentina!

-No se preocupe señora, estos espasmos son recurrentes, hasta nuestro país los padece recurrentemente- se despidió el doctor Aranda, mientras Alberto abrazaba a su madre después.







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